Consultá existencia en la editorial
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Consultar existencia en la editorialEn uno de “Los diez mandamientos de un escritor” (si la memoria no me traiciona, creo que el tercero) el húngaro Stephen Vizinczey apunta: “No dejes a nadie decirte que estás perdiendo el tiempo cuando tienes la mirada perdida en el vacío. No existe otra forma de concebir un mundo imaginario. Nunca te sientes ante una página en blanco para inventar algo. Sueña despierto con tus personajes, sus vidas y sus luchas, y luego relata lo que has presenciado. Soñarás y escribirás y soñarás y volverás a escribir”. Este magnífico consejo del autor de “El hombre del toque mágico” y “En brazos de la mujer madura” es una de las llaves secretas pero indispensables que no todos los escritores noveles tienen en cuenta a la hora de abrir la puerta que los conduzca a una verdadera y relevante historia. Los rostros de los personajes muchas veces son meras máscaras del autor y sus voces sólo responden a tramas artificiales, pergeñadas desde el andamiaje puramente literario o huecamente académico. Tal vez uno de los escollos más grandes del escritor sea dar con las palabras justas, el vocabulario preciso para plasmar esa historia imaginada. Eduardo Galeano, un magnífico narrador uruguayo muy popular por estos pagos, complementa acaso esta visión de Vizinczey con una experiencia personal: “Al principio, es la imagen. La palabra, después. Soy incapaz de trasmitir una situación, una emoción o una idea si primero no la veo cerrando los ojos; y siempre me cuesta mucho encontrar palabras que sean capaces de transmitir esa imagen y que me parezcan dignas de su esplendor. Creo que pinto escribiendo, por falta de talento para pintar pintando. Algo así como cuando la mujer que amás no te hace caso y te casás con la prima”.
Es interesante cómo el húngaro hace hincapié en el acto de “soñar” (despierto y junto a los protagonistas del cuento) y cómo Galeano abrocha este concepto al término “esplendor”, ligado a la dignidad del hecho creativo. En los numerosos cursos y talleres que he dictado en los últimos veinte años, jamás he dejado de marcar la importancia de esta alquimia invisible pues quien no esté dispuesto a remontar con fervor el sueño de su anécdota, glorificándola con la chispa esplendorosa del lenguaje, ha errado su oficio o vocación. Ya el maestro Isaac Babel en su cuento “El despertar” (de lectura obligatoria para quienes pretendan armar desde un simple y vulgar chiste hasta la novela de todos los tiempos) asienta las bases del buen cuentista con sus observaciones más que sabias en torno a los dos protagonistas de la trama: maestro y discípulo. Lo que no quita que en el largo camino de la experimentación que conlleva el escribir relatos, cada autor arriesgue un nuevo atajo a los ya conocidos. Y aquí radica, estimo, el hallazgo de esta antología titulada “Los rostros y las tramas”. Cada historia es un intento de dar con el atajo indicado, con el sendero más audaz y, a la vez, el menos peligroso ante los ojos de los lectores quienes serán testigos de la reescritura permanente de los clásicos que nuestros padres o abuelos nos leían a un costado de la cama. Había algo en aquellas lecturas que invariablemente renovaban el hechizo con un “había una vez”, algo artesanal e inconmensurable, como la misma infancia.
Los autores seleccionados para integrar esta antología abordan todos los registros y son, a la vez, agua, limo y espuma de una misma corriente que avanza hacia el futuro. Celebro que Dunken apueste una vez más a navegar por este caudaloso río sin otro interés que difundir en forma gratuita a tantos remeros que, tarde o temprano, darán de lleno a la mar. Y agradezco que se haya pensado nuevamente en mí para presenciar este bautismo de tinta y sangre, de árboles de papel naciendo en el cielo, con sus copas rozando las montañas de sueños y el esplendor de tanto pez que vuela por el fuego de la auténtica creatividad.
César Melis, seleccionador