Consultá existencia en la editorial
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Consultar existencia en la editorialDe todos los géneros literarios, la poesía es la que goza de mayor divulgación secreta: su marginalidad responde a su esencia, su escritura alude al costado más introspectivo del hombre. Los demás géneros, como por ejemplo la dramaturgia, la novela o el ensayo, hasta se dan el lujo de ser más “útiles” a la hora de la puesta en práctica: un best-seller podrá ser llevado a la pantalla cinematográfica o una obra de teatro logrará ser adaptada para televisión bajo el formato de unitario o miniserie. La esencia del poema, en cambio, impide la transmutación. Tal vez porque, como afirma Santiago Kovadloff, “la poesía procura sostener en la palabra la inasible presencia de lo incógnito”. Esta cualidad dota al poeta de cierta sensación insomne. El estado de alerta es un compromiso ineludible en cada verso, pues hasta el sueño más inspirado deberá pasar por el tamiz de la vigilia, por el cedazo de la interpretación.
Pero este insomnio permanente no debe vivirse como un defecto o carga, sino como una bendición. Durante la ceremonia del descubrimiento, escribir poesía es consagrarse plenamente a las palabras, a todas y a cada una. La fuente de esa consagración responde al origen temporal y sucesivo del género: cada verso se desarrolla en un tiempo determinado (que establece el ritmo) y en cada verso las palabras se disponen una detrás de otra (que fija una continuidad en el espacio). Por otro lado, siempre he creído en aquella máxima de Goethe que afirma: todo poema es el resultado de una circunstancia, es decir, sobreviene gracias a un determinado estímulo exterior o interior. Dicha circunstancia, ya sea un obstáculo o un verdadero incentivo, despliega una realidad autónoma e irrepetible, un pequeño cosmos puesto a crecer sobre la página. Entre el estado de alerta y el estado de gracia, la revelación poética tiende un puente sobre el silencio, sobre ese río caudaloso en donde el lenguaje navega en todo su esplendor.
¿Cómo conservar ese esplendor? Sólo los verdaderos poetas lo saben. Quizás un cosquilleo, una luminosidad, una premonición. Y aquí reside “la inasible presencia de lo incógnito” mencionada por Kovadloff. La presente antología está habitada por incógnitas. Más de setenta poetas (seleccionados sobre doscientos) dan fe de sus aciertos sin otra carta de presentación que sus voces bajo el cielo de la hoja en blanco. Seleccionar poesía es, tal vez, una de las tareas más ingratas a las que se somete un escritor pues no existe un decálogo a seguir ni fórmula para argumentar esa delicada decisión final de incluir a algunos y excluir a otros. La polifonía resultante en un libro, muchas veces, depende de la permeabilidad de criterios no de la formación académica. Agradezco una vez más a Editorial Dunken el haberme convocado por quinto año consecutivo a formar parte de este maravilloso proyecto, que es darle la oportunidad de publicar gratuitamente a tantos poetas anónimos y comprometidos con su idiosincrasia y su época. Ignoro si seré justo en la selección, pero siguiendo las enseñanzas del poeta norteamericano Wallace Stevens, he de recordar (aún frente al riesgo o tentación de ser injusto) que “el poeta es el sacerdote de lo invisible”. Adoro esta definición pues tiene dos elementos en los que creo y he basado los primeros cincuenta años de mi vida: el sacerdocio y la invisibilidad.
Del primero, rescato el concepto de Robert Graves en su obra maestra “La Diosa Blanca”: el ejercicio, la entrega, la dignidad, el rito de una función milenaria tras la palabra ceremonial (la del poeta o brujo de la tribu, ambos junto a la fogata de la creación o ante la piedra del sacrificio). Del segundo, me adueño de esa propiedad volátil que produce lo invisible en un mundo regido mezquinamente por lo visible, de ese estado de levitación del auténtico poema que emociona, que nos lleva al borde del abismo para mostrarnos el primer y único paisaje, que nos abofetea con un verbo, nos envenena con el adjetivo maldito o nos seduce con el murmullo de la palabra amor pronunciada en cualquiera de sus formas. Por último, en poesía, como en cualquiera de las artes, se puede admirar el talento de una persona aunque no se comparta sus opiniones. Mi consejo es leer poesía de todas las épocas, de todas las razas, de todas las escuelas o corrientes, más allá de las empatías, simpatías, pasiones políticas y religiosas, idiomas o gustos personales. Se podrá coincidir o no con el material, pero aún de los pésimos poetas se aprende. Por fortuna, la literatura está cimentada no sólo por ideas sino por obras. Y es allí en donde hay que coincidir.
Que esta Poesía insomne desvele al lector tanto como a mí. Es mi mejor deseo en un mundo dormido a fuerza de ignorar el gran poema que es la vida.