Consultá existencia en la editorial
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Consultar existencia en la editorialRueda la espuma sobre los puentes. Una hechicera aviva las brasas de su caldero y se asoma al abismo de lo secreto. Los pájaros tallan dibujos sin líneas en el cielo.
Hay quien tiene hambre y sed y alguien se la sacia. Hay quien tiene sed para ser saciada por lo que dice la palabra.
Un poeta escribe y muestra lo no mirado. Su poesía habla y calla porque en ella la palabra suelta la voz. Dice lo que se ignora, lo que se pierde, lo que se recuerda y delinea el entremedio de la vida. La hendidura entre origen, destino y encuentro.
La poesía es el trazo de esa búsqueda rebasándole a la vida entre retamas y manantiales, por senderos blancos, silencios azules, con amores, odios, almas, pasiones.
En definitiva la poesía desnuda, encuentra, pierde. Nos acerca al origen primero, a la pregunta de las preguntas, nos impone nuestra condición de ser impulsándonos a ejercer el acto de vivir a través de la creación.
Así llamean los ojos, crepita la sangre. El dolor y el placer se conjugan en un ritmo armónico dentro de un universo que se constriñe a un puñado de signos sobre una página en blanco, que nos escinde hacia otros mundos, repetidamente multiplicados en el encuentro del poema y el lector.
Y habrá puentes que cruzar, y debajo el agua que nos descansará la sed y también un cielo dispuesto a desplomar matices, para que el poeta hecho palabra, se haga dueño de pinceles, colores y los versos fluyan, excaven, dominen, liberen, abran ventanas, inunden bajíos, hasta completar la arquitectura de un hombre que abrace al alba, pueble la nada y borre el empañamiento de la transparencia.
De un modo elíptico, quizá si, quizá no, quien recorra las páginas de este libro lo encontrará. Será condición excluyente estar dispuesto a recorrer las filigranas de la caja de Pandora. Claro que los hilos y encadenados deberán seguirse entre letras, y algo más, que cada uno de los poetas (devenidos habitantes de tiempos que Cronos aún no conoce) han dejado sobre estas páginas, las que a partir de ahora nos pertenecen.
No se engañen sus hacedores, no fueron hechas por ellos, ni para ellos, las palabras las hicieron y se dejaron decir en sus voces. Los escritores, fueron tan sólo la herramienta.
¿Quién puede decirlo? Tal vez nuestro hambre se aquiete y nuestra sed se calme, y nos encontremos, ahí, a vuelta de página. Entre matices y pasiones que a partir de hoy y para siempre quedan en nuestras manos.
Marta Mutti, seleccionadora