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Novedad Tapa de Un pasillo en el espejo/ Un espejo en el pasillo
$35.000

Un pasillo en el espejo/ Un espejo en el pasillo

N
por Nerón Belial
Género
LITERATURA - Narrativa - Horror
ISBN
978-9878557618
Páginas
472
Formato
15.5 cm x 22.5 cm
Colofón
septiembre de 2026

Un cielo de inacabable belleza. Un páramo apacible. Una cabaña humilde y aislada. Un anciano y su retiro, en la última morada. Alejado no solo del mundo, sino del tiempo y las mieles de lo cotidiano, en la víspera de sus horas bajas.
En busca de la paz final que hay en el majestuoso silencio eterno – Si es que fuera este lo último –, lleno de la belleza salvaje, se transporta por recuerdos de vivencias, pérdidas y alguna que otra alegría, redescubriendo momentos olvidados de amor, que había descuidado o incluso que tal vez nunca fueron.
Pero durante su conmovedora y emotiva odisea, el día desvanece y se funde en la noche, la línea entre realidad y recuerdos se difumina. Es ahí cuando un temporal de nieve nocturno se despierta, ¡y no está solo! Una revelación inquietante es manifiesta en éste, su rincón apartado, su último refugio, acorralándolo, incomodándolo. La paz que busca podría ser solo un espejismo burlón y para descubrirlo deberá enfrentarse a un último desafío.
¿Qué flagelos podrían azotar la puerta y exigir, a quien todo lo ha dado y tan poco posee, compensaciones? De escasos objetos se vale en tan reducido espacio. Pocos en cantidad pero abundantes de memorias.
Una diminuta cocina, cortinas color bordó, una sala con un reloj de pie, un pasillo angosto al dormitorio, y sobre el final de éste, un espejo oval donde una grieta reluce.
Hay impresas en ellos marcas imborrables.
En esta noche blanca, el anciano descubriría que el haber refugiado su voluntad en la soledad de la montaña, sería el último clavo inserto en la tapa del ataúd que lo aguarda.

N
Nerón Belial
Seudónimo

Se dirá —con la cautela que imponen las certezas incompletas— que el autor de este manuscrito existió, aunque no del todo en el sentido en que suele existir un hombre.
Acaso por conveniencia su imagen ha sido erosionada deliberadamente, hasta ser omitido de entre los grandes baluartes de la literatura del horror, ¡y con justa razón!, puesto que esta brutalidad tan natural solo hoy podría ser exteriorizada. Hubo intentado sustraerse de la memoria que lo condenó. La convivencia con equívocos que lo describieron, dispersos y contradictorios, persistió bajo formas de ciertas culpas, aun cuando ya no quedó más de él para poder absolverlas. Asediado por recuerdos con una persistencia ajena a la voluntad y al control, fueron las remembranzas carentes de un orden habitual para su término, escenas que se le presentaron con una nitidez impropia del pasado, como si insistieran en corregirle algo que ya no admitía corrección.
Fue un hombre sitiado por sus propios deslices, perseguido por imágenes que no cedían ante la razón —tampoco ante el olvido—. Remordimientos e irrupciones vívidas, casi corporales, actos cuya naturaleza hubieron de sumirlo, incapaz de gobernar las emociones que dichos episodios le provocaban. Escribió —y dejó constancia— de una historia cuya crudeza desarma cualquier intento de distancia.
Poseedor de una vida de la cual apenas se conservan alusiones fragmentarias, escasas pero suficientes, permiten conjeturar que fue incapaz de sustraerse de ella. Incapacitado de dominio; acaso tampoco supo comprenderse. Esa incapacidad no fue pasiva, sino que lo representó como indicio de una participación más directa en los hechos que, al atormentarlo, diagramaron su estilo prosaico.
El veneno y la prosa que dejó —minuciosa hasta lo intolerable— admite varias hipótesis sin resolver ninguna. La precisión con la que describe ciertas escenas, despojado de todo pudor moral y entregado a una crudeza que sugiere y expone, somete al lector a la materia misma, a la densidad sensorial de lo narrado, invitan a sospechar que no fue un mero testigo. Quizás fue el ejecutor. Quizás la víctima.
El escrito, cuya antigüedad se remonta a varias décadas, tal vez a siglos, se las ingenió para ver la luz tras ser hallado de manera fortuita entre papeles que no prometían interés alguno. Su descubridor acompañó la aparición de este material rehusando toda firma; eligió no atribuirse el descubrimiento ni asumir la responsabilidad de esta publicación, como si hubiese reconocido en esas páginas algo que no debía ser reclamado por nadie.
Ese gesto —o esa renuncia— añade una capa más de incertidumbre a un texto que parece resistirse, incluso hoy, a ser poseído por quien lo lee —y puede que incluso sea a la inversa—.

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