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El silbido del Pombero

un Cuento de
Duque Diana Helen





En lo más profundo del vientre verde de la selva guaraní, donde el follaje es un laberinto de sombras antiguas y la noche se desploma como una tinta espesa sobre el mundo, la leyenda del Pombero se deshilachaba en susurros y alucinaciones. No era ya el duende travieso de los cuentos de fogón, sino una presencia arcaica, casi anterior al tiempo, cuya memoria vivía en los huesos húmedos del monte.

En una aldea olvidada por los mapas —más cercana al mito que a la civilización— vivía una familia cuya suerte parecía ungida por los dioses menores del bosque. Su tierra, fecunda y generosa, respondía con gratitud a las ofrendas: un cuenco de miel dorada, tabaco envuelto en hojas secas, palabras murmuradas al alba. Decían que el Pombero, a cambio, los protegía, como un guardián invisible.

Pero una noche, el equilibrio se quebró.

Un viento helado, impropio de la estación, descendió por la espesura. El ulular de los búhos adquirió un timbre ritual, como si invocaran a algo que había dormido demasiado tiempo. Las ramas crujían con una cadencia casi humana, como si la selva misma respirara con dificultad.

Andrés, un joven descreído de mirada firme y pasos arrogantes, se aventuró en la espesura con la imprudencia del que se ríe de los mitos mientras los pisa. Su linterna temblaba como una estrella moribunda. Cada paso era tragado por la vegetación, que se cerraba tras él como una herida que no desea ser sanada.

Entonces, lo oyó: un silbido agudo, imposible de ubicar en el espacio. No venía de un lugar: era el lugar el que silbaba. La temperatura cayó, y con ella, la certeza. Allí, entre las sombras que parecían tener memoria, apareció una figura encorvada y disonante, de pies invertidos y ojos que no solo veían, sino que recordaban.

Era el Pombero, pero no el duende risueño de las leyendas campesinas. Era algo más viejo, más vasto. Su boca murmuraba un idioma húmedo, anterior al guaraní, anterior quizás al lenguaje mismo. Su presencia era un error en la realidad, un pliegue en la tela del mundo.

Andrés sintió cómo su mente comenzaba a resquebrajarse. El Pombero se desvanecía y reaparecía con una lógica de pesadilla: silbando desde dentro de su pecho, riendo detrás de su nuca. El bosque se volvió un teatro de delirios. Árboles que se movían sin viento, sombras que se desdoblaban y susurraban secretos de la tierra, insectos que zumbaban en pentagramas de locura.

Recordó entonces —no con la razón, sino con el pánico de la sangre— las viejas historias. Sacó de su mochila un puñado de miel y tabaco, y los depositó en el barro como un niño que reza sin creer, pero esperando. El Pombero se detuvo. Sus ojos eran brasas pensantes. El silencio se hizo denso, y la selva entera pareció contener el aliento.

El ser dio un paso atrás, como si el gesto hubiese despertado una memoria antigua en él también. Luego, desapareció sin sonido.

Andrés huyó como un hombre que vuelve del borde de un abismo que no existe en ningún mapa. Desde aquella noche, no volvió a reírse de las supersticiones. Su mirada llevaba una sombra que no era del bosque, sino de algo que había comprendido y lo había dejado vivir.

La leyenda del Pombero cambió en la aldea. Ya no se hablaba de un guardián ni de un duende. Ahora, se hablaba de un límite.
De una advertencia.
De un nombre que no debe ser pronunciado a la ligera,
porque en los lugares donde habita la magia, también habita el horror.


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