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CHRONOGRAFÍA DE UNA RELACIÓN TÓXICA

de
Turavinina Yuliya



Él

***

Se sirvió medio vaso de whisky puro, sin hielo ni soda. Tomó una bocanada sin tragar, enjuagó la boca con el ardiente líquido sintiendo un leve ardor en la lengua y el paladar. Luego, deglutió despacio disfrutando el mismo efecto en la garganta y luego en el estómago, y de nuevo se sirvió medio vaso. Su vacía y errante mirada vagaba observando el jardín que se veía tras la ventana. Era otoño, el cielo ya no se veía tan impecablemente celeste, era de color gris y, por ende, todo parecía gris, opaco y triste. En las ramas de los árboles aún se veían algunas hojas, pero aquella manta echa de la verde veraniega que cubría el arbolado y que tanta viveza le daba, ahora se había convertido en una alfombra abigarrada, amarilla y marrón, bordo y dorada, que cubría magníficamente la tierra y a su vez desvestía vergonzosamente los árboles, que ahora se veían frágil, doblegados, tristes, abandonados y casi deshonrados.

En esa melancólica observación, de pronto se dio cuenta de que buscando los sinónimos para describir a los árboles, elegía inconscientemente los adjetivos que lo describían a él mismo, o a su estado, en el cual se encontraba hace ya varios años. Corrió su mirada del jardín y la detuvo en su mano que sostenía el vaso. La mano era flaca, frágil, pero todavía firme. La piel seca y arrugada, tostada por el sol y con múltiples venas tortuosas y dilatadas de color azul. "Tengo manos de viejo", pensó, "ya soy un viejo".

El segundo trago no lo tomó, lo zampó. Lo engulló hasta el fondo, entrecerrando con fuerza sus ojos y torciendo la fisionomía. Pensó en que antes un par de tragos le calentaban la sangre, levantaban el humor y despertaban el entusiasmo. Ahora era distinto. Ahora cada trago lo vuelve más deprimido, más triste, gruñón y cascarrabias. Antes todo era muy distinto. Antes en esta casa reinaba la pura vida, ahora reina un lúgubre silencio. Miró hacia la puerta y le pareció escuchar tras de ella las voces, las risas, los gritos y los pisoteos de sus tres hijos, los ladridos de los perros que los acompañaban en sus travesuras y las ensordecedoras advertencias de su madre para que se calmen. También le pareció escuchar los ruidos en la cocina, las cacerolas, los sartenes, los golpecitos del cuchillo sobre la tabla cortando papa o cebolla de verdeo, el susurro de agua, y hasta le pareció percibir el delicioso aroma de la tarta de manzana con canela.

 A Rosana le gustaba cocinar, pero a medida que los hijos fueron creciendo y abandonando la casa, su cocina empezó a disminuir, primero en la variación, después en la cantidad y finalmente en la calidad. La cena de los últimos años consistía en una sopa instantánea y tres huevos fritos, frecuentemente quemados. Las veces que él trató de protestar, la respuesta era clara: "Puedes hacerte la cena solo, aquí no hay sirvientes".

El tercer vaso lo vació igual que el segundo, de un sorbo. Sintió un fuerte cansancio. Los pensamientos se le confundían, los parpados se le cerraban, la cabeza se le inclinaba cada vez más, hasta que por fin encontró su descanso en sus brazos apoyados sobre la mesa. Se durmió.

***

 

—Es una locura, no me la estoy buscando. Vos me conoces. Es más, ¿cuántas veces me escuchaste joder sobre los viejos verdes? Y ahora resulta que me estoy convirtiendo en la misma porquería —él se prendió un cigarrillo, le dio una profunda pitada expulsando el humo a través de las fosas nasales.

—Lo que es una porquería es esta cerveza. Encima está caliente. Es un asco la cerveza caliente —respondió su amigo en voz alta de tal forma que lo escucharan los mozos y a su vez agarró el tenedor llevándose a la boca una gruesa rodaja de rabas a la provenzal.

—Lo peor de todo es que no me siento culpable. En absoluto.

—Y de qué te vas a sentir culpable si todavía no pasó nada y dudosamente vaya a pasar. Las rabas no están mal, eh. Probá. Che, come, si no me lo voy a terminar todo yo solo.

—No tengo hambre. ¿Sabes? Estoy decidido. Si va a querer ir para adelante, yo me dejo llevar.

—Por dios, qué romanticismo. Afloje, amigo. Te cruzaste con una mina joven, linda y sin pretensiones. Aprovechá papá, tal vez sea tu última oportunidad. No la pienses demasiado, hazte el boludo y comete el postre.

—Bueno... ¿Y? Cuéntame algo tuyo… —él sonrió y miles de chiquitas arrugas se le pintaron alrededor de sus ojos. Trató de expresar interés, pero cualquiera quien hubiera podido ver su rostro en ese momento, podría confirmar que estaba en otra.

***

 

Todo comenzó del modo menos esperado. Hoy, cuando repasa en su memoria el acontecimiento de ese inicio, no recuerda ni cómo, ni por qué, ni en qué momento. Lo que tiene grabado imborrablemente en su memoria es la sensación de una confusión producida por el contacto con los largos, finos y suaves dedos que le pusieron, de una manera rápida e imperceptible, un papel doblado en su mano. Esta inaudita situación le provoco sudor en la espalda, temblor y un leve dolor de la panza en la ingle. Hoy recuerda cómo él, un hombre de cincuenta y cinco años, con los dedos temblorosos guardaba cuidadosamente ese papel en uno de los múltiples bolsillos de su portafolio y luego, ya estando en su casa, agendaba el número en su teléfono. ¡La tortura con la cual le costó inventar el nombre de ese nuevo contacto! Le parecía de muy mal gusto poner un nombre masculino, muy vulgar poner un apodo, muy imprudente poner el nombre verdadero. Al fin puso "ella", con letras mayúsculas. Más adelante, en uno de esos días que pasaban juntos, él le preguntó cómo ella lo tenía agendado. Ella sonrió y le mostró su teléfono: él leyó "él".

***

 

Y empezó a hilarse una relación; ojalito con ojalito, ganchito por ganchito, como si un hilo de cáñamo crudo se enrollara alrededor de un hilo fino de seda, delicado y frágil.

Las primeras salidas eran muy inocentes. Él saboreaba la espera. No solo que no se apuraba en tener una relación sexual, sino que apropósito estiraba el tiempo postergando ese momento sagrado para él.

La adoraba, la veneraba. No había nada en ella que le molestara o no le gustara. Todo en ella le fascinaba y maravillaba. Se embelesaba al oírla, al observarla, al pensar en ella, al extrañarla.

—Pareces un muchacho de segundaria. ¿En cuarto o quinto empezaste a salir con Rosana? —los dos amigos estaban al fondo del jardín en la parrilla mientras que sus mujeres estaban en la casa. Se podía hablar tranquilo de las cosas prohibidas sin que nadie escuchara—. Recuerdo muy bien cómo te cargábamos. Pero en el fondo teníamos envidia. ¿Llego la hora de volver a envidiar?

— ¡Pero qué envidiaban si no la tocaba ni con un dedo! Con mi suegra no era posible ni imaginarlo. Te lo leía en los ojos y te corría como a un perro callejero.

—Ah, ¿entonces nos mentías? —ambos se rieron de buena gana intercambiando los guiños.

—Pero me hiciste pensar —instintivamente observó todo alrededor suyo, asegurándose de que no haya ningún intruso—. Sí, me siento como si de vuelta tengo quince. Tengo ganas de hacer rebeldías y me hace reír con cosas que hace poco consideraba como pura estupidez. Y respecto al sexo —tomó una pausa para medir sus pensamientos y siguió—, al principio pensé que iba a comportarme como un pendejo, y hasta tuve vergüenza de mi propia imaginación, pero, en realidad, me di cuenta de que disfruto más el acercamiento platónico que el sexual.

—Viejo experimentado. No comas pan frente a los pobres.

—Bueno, no hablemos más de sexo. Te quiero contar una cosa, me dice: ?No trates a una mujer del modo que no te gustaría que trataran a tu hija? —estaba ansioso de compartir sus emociones con su amigo, una vieja práctica de todas sus reuniones.

— ¿Por qué te dijo eso? ¿Hiciste algo?

—No, no lo dijo refiriéndose a ella. Lo dijo defendiendo a mi mujer.

— ¿Aceptará Rosana de defensora a la amante de su marido? —Bromeó su amigo y dio vuelta la carne y el aromatizado olor ahumado se expandió por el jardín—. Hablando de Rosana, ¿cómo vienen las cosas?

—Mal. No van para ningún lado. Ni ella me soporta, ni yo la aguanto.

—Si mal no recuerdo, la idea de esta aventura era para salvar el matrimonio y no para profundizar la crisis. Pero bueno, seguí con el cuento. Ella defendió a Rosana, ¿Por qué?

—Le insinué de la separación. De la separación con Rosana.

— ¿Se puso contenta?

—No, al contrario. Me dijo que no puedo despreciar una relación de veintisiete años y con tres hijos de por medio. Que no puedo ser irresponsable con la persona que compartió conmigo la vida. Que no tenemos derecho a destratar a las personas, seguramente refiriéndose a su marido también, echándolos de nuestras vidas, de nuestros hogares, destruyendo sus proyectos y su estabilidad, porque no son ellos los culpables de que se nos ocurra enamorarnos.

—Y... tiene toda la razón.

—Para mí no. Al contrario, creo que si estuviéramos bien con Rosana, ella no existiría. Vos me conoces, nunca fui un mujeriego. Es exactamente porque no funciona más la relación con Rosana que me atrajo otra mujer. Con Rosana todo se apagó, con ella se prendió. Es una secuela.

—Solo te pido que no hagas locuras, amigo. Calma los pasos, porque corres el riesgo de quedarte sin el pan y sin el postre.

—Es esto —se tiró al césped, arrancó un manojo de hierba, se la acercó a su nariz y hundió su cara en la jugosa especie vegetal respirando con todos sus pulmones la frescura de la hierba cortada—. Es esto. Estoy dispuesto a hacer lo que vos llamáis "locura". Amo de nuevo y no quiero ceder. No quiero amar ni a medias ni a escondidas. Quiero amar con derecho a todo. Quiero acostarme con esa mujer y despertarme con ella, quiero volver a casa después del  trabajo sabiendo que me está esperando. Quiero verla, oírla, tocarla y sentirla. Y también quiero ser el único que la mire, que la oiga, la toque y sienta. No la quiero ni puedo compartirla más. Cuando pienso que está con su marido, que la tiene en su poder, se me hierve la sangre. ¿Quién fui yo estos últimos años? Un cuerpo existente, pero sin vida. Ahora de nuevo me siento vivo, tan vivo que hasta de nuevo le tengo miedo a la muerte.

— ¡Muchachos! ¿Cómo andan por allá? ¿Necesitan algo? —se escuchó la voz de Rosana desde la casa. Él retorció su cara expresando aversión.

—Ya vamos. Vayan armando la mesa —respondió el amigo.

— ¿Sabes qué? Miento. No se prendió con ella porque se apagó con Rosana. Aunque hubiera estado bien con Rosana, me enamoraría de ella igual. Ahí sí que podría haber sido un problema. Aunque no importa. Por ella quemaría todos los puentes del pasado sin dejar ningún resto.

—Bueno, la carne está lista. Vayamos para adentro.

— ¿Estás en desacuerdo conmigo?

—No. Solo me preocupo. El tiempo lo dirá.

***

 

— ¡Perdóname! ¡Por favor, perdóname! —la incontrolable ola de ira cedió dando lugar al susto. Él le miraba los ojos fijamente, sin pestañear, como si en la profundidad de sus pupilas deseaba encontrar un perdón. Tenía miedo de que se levantara y se fuera para siempre.

—No soporto ni pedir perdón ni escuchar cuando lo piden. Es humillante —ella tenía la voz fría e intolerable. Trataba de recoger sus ropas, pero él lo impedía agarrando frenéticamente sus brazos y suplicando el perdón de una manera de pura aversión—. Estás distinto. No eres igual que antes cuando recién nos conocimos. La relación también ha cambiado. En vez de reír peleamos, en vez de decirme, como antes, que me amas, me puteas. Nada te gusta, todo te molesta. ¿Qué lo que querés? ¿Qué carajo querés?

—Yo te cuido, como a un hombre le corresponde cuidar a su mujer. Vos no te das cuenta de eso porque no estás acostumbrada a un buen trato, un verdadero trato de un verdadero hombre. Antes te gustaba mi atención ¿qué cambio ahora?

—Antes me cuidabas, es verdad. Ahora me perseguís, controlas y haces mi vida imposible. ¿Qué son estos setenta y dos mensajes y setenta y dos llamadas que me hiciste ayer? ¿Eso es cuidarme? ¿A qué se deben las apariciones improvisadas en la puerta de mi trabajo cuando salgo con todos mis compañeros? ¿O frente a la escuela de mi hija cuando estoy rodeada de mamas de las chiquitas, que encima son más chusmas?

—Te mandé un mensaje y no me lo respondiste. Tres horas de ausencia y yo volviéndome loco si te pasó algo —él hablaba excusándose con un tono justificante, muy bajito casi susurrando.

— ¿Qué me puede pasar en mi casa a la tarde cuando estoy con toda la familia? —fastidiosamente preguntó ella.

—Cuando vayamos a vivir juntos todo será distinto. Voy a estar más tranquilo.

— ¡Compréndeme por favor! No puedo más con esta carga de pensar que estás en tu casa con él, que te habla, que te mira, que te toca, que te obliga tener sexo….

—Bastaaa yaaa —ella se tapó las orejas con las palmas de las manos y quedó así, sentada a horcajadas en el centro de la cama balanceándose con todo el cuerpo. Sentía como una fuerte ola de aversión se apoderaba de ella despertándole náuseas y un fuerte rechazo hacia ese hombre que hace poco deseaba y adoraba tanto—. No soporto escucharte más. Cuando vayamos a vivir juntos —trató de reír, pero terminó tosiendo—; me encerraras sin dejarme salir ni siquiera al patio. ¿Mirá si me ve un vecino y me garcha?

— ¿Pero qué decís?

—Eso digo. Si me tratas de puta. A las putas nadie ama, las garchan.

—Nunca te traté de puta. Todo lo contrario. Trato de protegerte de estos pervertidos imbéciles para quienes una mujer no es otra cosa que una presa fácil. Pero no lo comprendes, eres muy naif, muy confianzuda. En esta ciudad enferma, llena de idiotas que solo se manejan por sus instintos primarios, no se puede usar polleras, calzas, vestiditos cortos, que tanto te gustan. Porque provocas. Despiertas las enfermas fantasías de estos tipos que te miran y te manosean.

—Nadie me manosea.

—Sí. Con sus ojos, con sus fantasías...

— ¿Vos también me manoseabas cuando venías al despacho a dejar los expedientes? ¿Te gustaba ver mis piernas de bajo de mi pollera corta? ¿Mis tetas por los escotes de mis remeras? ¿Mis glúteos y muslos cuando tenía puestas las calzas? ¿Me manoseabas y garchabas impulsado por tus instintos primarios o me manoseabas y garchabas por la inspiración de un poeta?

Él agarró un paquete de cigarrillos, trató de sacar uno con sus temblorosos dedos, pero los nervios lo traicionaron. Del otro lado de la fina pared del hotel transitorio se oían los gemidos amortiguados por los paneles acústicos. El sonido crecía y ahora la incógnita mujer no solo gemía sino que aullaba, gritaba y lloraba de exagerada excitación acompañada por un frecuente resollado de su compañero. Él oprimió el atado y con toda la furia lo arrojó contra la pared.

— ¿Hacen el amor o simplemente copulan? —Ella a diferencia de él parecía ser totalmente tranquila, indiferente y tomaba la fuerza de superioridad—. Cuando era niña mi abuela me contaba un cuento antes de dormir. "Un zar tenía tres hijos. Eran muy inmaduros y pasaban todo el tiempo jugando, cazando y practicando deportes. Por eso un día cuando ya eran demasiado grandes para seguir simplemente divirtiéndose, el Rey les dijo que deben casarse. Como no encontraban novias, les ordenó tirar una flecha de sus arcos. Allá donde caía la flecha debían buscar a su novia. Al hermano mayor la flecha le cayó sobre la casa de un conde que tenía una hija muy linda. Al del medio, en la casa de un marqués que tenía una hija que cocinaba rico. Y al menor la flecha le cayó a un pantano al lado de una rana. Los tres trajeron a sus futuras novias ante su padre. Al día siguiente se planeó la fiesta de presentación y las tres parejas debían tejer sus alfombras. Los que tenían la alfombra más linda ganaban la mitad del reinado. Todos se pusieron manos a la obra menos el hermano menor. Se emborrachó de tristeza y se echó a dormir desconsolado. Pero en la mitad de la noche se despertó y se sorprendió al ver que en lugar de una rana había una bellísima jovencita que casi estaba por terminar de tejer la alfombra. Ella vio al príncipe y le dijo: "No soy una rana. Soy una princesa hechizada. Y no sé cuándo terminará el hechizo. Mañana puedo ir a la fiesta así como me ves ahora, pero luego debo volverme a poner la piel de la rana. Está en usted aceptar o no". El muchacho aceptó, pero cuando la princesa terminó de tejer la alfombra y se durmió, él agarró la piel de la rana que estaba al lado de la joven y la tiró al fuego. El fuego chispeó con la llama, la chica se despertó, alrededor de ella se armó una extraña nube que la embaló de pies a cabeza y se la llevó no se sabe a dónde".

— ¿Y para qué me contaste esa porquería?

—No lo sé. Me vino a la cabeza. Quemaste mi piel de la rana —ella suspiró, se levantó lentamente como si estuviera muy cansada, agarró la cartera, se detuvo un rato mirándolo con una profunda tristeza y se fue de la habitación.

—"Se emborrachó de la tristeza, desconsolado" ¡Qué porquería! —recordó él, agarró el portafolio y sacó una petaca de whisky. La tomó del pico y se echó a la cama así como estaba, vestido y con las zapatillas, boca abajo. Sintió un fuerte olor del perfume que usan las lavanderías chinas, un olor agobiante y excéntrico que solo producía dolor de cabeza. Agarró la almohada y la tiró al piso, pero enseguida se arrepintió, la levantó y puso bajo de su cabeza abrazándola con ambas manos—. ¡Qué porquería que eres! ¡Qué porquería que soy yo! ¡Todo es una porquería!

***

 

—Hola —él respondió el teléfono con un tono molesto.

— ¡Hola, amigo! ¿Cómo estás? ¿Por dónde andas?

—Acá ando, todo bien —tomó una pausa. No tenía ganas hablar con nadie aunque sea su mejor amigo.

—Voy a ser sincero. Me llamó Rosana. Dijo que te fuiste de la casa, que no respondes el teléfono. Está preocupada. Todos estamos preocupados. ¿Qué te pasa? ¿Dónde estás?

—Alquilé un cuarto. Necesito estar solo. Ya volveré, pero por ahora quiero estar solo.

— ¿Estas con ella? ¿Están juntos?

—No ¿No me escuchas? Estoy diciendo que estoy solo. ? Se escuchó un respiro. Él siguió. ? Me dejó, y no sé qué hacer. Estoy perdido, vacío. Fui a buscarla, pasé horas, días esperándola en la puerta del edificio en donde vive, le suplicaba llorando que volviera. ¡Qué humillación! ¡Qué patética humillación! Todo en vano. Luego comprendí que tiene razón. No hay vuelta atrás. Amo todo en ella, sufro físicamente su ausencia, me vuelvo loco, me emborracho para olvidarme y en el olvido, en el profundo desmayo alcoholizado sigo pensando en ella. Pero en ella así como yo la deseo, no como ella es.

— ¿Y cómo es ella? Decías que ella era perfecta.

—Sí. Es perfecta. Una puta perfecta —se rio histéricamente—. Date cuenta, amigo. La ciudad está llena de putas. Pero ésta es una puta perfecta.

—No suena lindo lo que decís.

—Que me importa. No se ve lindo lo que vivo y cómo vivo. Ni siquiera vivo, existo. Volví a la puta insignificante existencia sin sentido.


ELLA

*** 

 

El viento levantaba las solapas del sobretodo dejando al descubierto su blanco cuello y su escote. Tratando de protegerse del viento helado y recio, y sosteniendo los dobladillos de su abrigo, ella cruzó la avenida acompañada por las viciosas e impúdicas miradas de los conductores de los vehículos parados en el semáforo. Su esbelto cuerpo que parecía flotar sobre el asfalto y sus brillosos pelos negros despeinados por el viento la hacían ver increíblemente sensual. Los más atrevidos le silbaron y tocaron la bocina, el resto simplemente la miraba en silencio con envidia absoluta hacia "ese que tiene suerte de poseer a semejante belleza". Mientras que los activos cerebros creaban supuestos imaginarios, ella cruzó la calle y desapareció entrando en un Audi de color blanco.

—Buen día mi linda —él se inclinó para saludarla con un suave beso, pero se detuvo hipnotizado por la expresión de sus ojos, que brillaban y sonreían insinuando alguna sorpresa de tantas que solo ella sabía inventar. Sonrió sin quitar la mirada y preguntó jugueteando—. ¿Qué pasa?

—Tengo frío y necesito que me pases tu calidez ?la abierta sonrisa de ella desnudaba sus perfectos dientes blancos deslumbrando su rostro—. Toca mi pierna. Está helada. Se necesita un médico con un caloventor para salvar este cuerpo del congelamiento —pronunció ella con un todo de suplicación artificial.

—Eres una simuladora. A ver, vamos a hacer un control para detectar a una tramposa —le metió su mano bajo la suave tela de lana del sobretodo y sintió la suavidad de un cuerpo desnudo—. No te pusiste medias. Ay, señorita, no está bien que en pleno invierno ande sin medias. Yo, como un médico, no le recomiendo que…

Él se apartó sacando la mano con brusquedad. Luego, pausadamente, con una inseguridad y desconfianza, desató el abrigo, botón por botón, descubriendo un cuerpo absolutamente desnudo.

Este día podría haber sido un día inolvidable. Hubo mucho de todo: sensaciones, emociones, besos, abrazos, cariños, sexo, risas, charlas y otra vez besos, cariños, sexo y sobre todo juramentos de amor que sonaban sin cesar. Podría haber sido un día magnífico si no hubiera sido por los nocturnos fantasmas que a veces estremecen los cerebros debilitados por la angustia, inconformidad, celos y alcohol.

Fue a las dos de la madrugada cuando ella se despertó por el resonante sonido de su teléfono de un mensaje entrante. Agarró el teléfono con sumo cuidado para no despertar a su marido y leyó: "¿Con él alguna vez hiciste lo mismo?".

***

 

Plum, plum, las dos yemas cayeron justo en el centro de una pequeña colina de harina. Plum, plum, las siguieron otras dos yemas más y los largos y finos dedos con las uñas impecablemente arregladas zambulleron en la masa amasándola con una rapidez y fuerza inapropiada para su delgadez. Hoy en día no es habitual ver a una mujer amasando. Hoy una mujer, siendo o no amante de la cocina, prefiere la rapidez y la tecnología, y si no compra en un local de pastas frescas una masa echa, la hace en una amasadora eléctrica. Por eso, él contemplaba lo acaecido absolutamente hechizado por un espectáculo anteriormente nunca visto: parecía ver una danza ritual de un hada de la cocina. Aunque por los movimientos de su cuerpo era difícil llamarlo danza, pues sus piernas tostadas, desnudas, de gemelos marcados y bien abiertas estaban fijas sobre el suelo haciendo soporte para la fuerza con que amasaba. Se movían sus brazos, sus hombros y especialmente sus senos y nalgas. Su pelo levantado y fijado con un broche desnudaba su cuello. Él esforzó la mirada y descubrió un pequeño lunar debajo de su oreja y al lado de una vena que, como un arroyo, bajaba atravesando su largo cuello perdiéndose debajo de la clavícula. Sus hombros se movían con un ritmo de un candombe, abajo-arriba y arriba-abajo, moviendo sincrónicamente los omóplatos y los músculos de la espalda. Ella levantó el brazo acomodando con el codo un rebelde mechón que permanentemente se le escapaba del manojo de rizos acoplados en la cabeza y dejó ver el sensual hoyo de su axila, blanca y suave, con los chiquitos pliegues absolutamente invisibles, pero conocidas por él de memoria.

—No sé si saldrá bien. Usted, señorita, ¿está segura que sabe lo que está haciendo?

— ¿Estás dudando de mis talentos?

—De ninguna manera. Dudo en la suficiencia de las prácticas realizadas.

— ¿Ah sí? ¿Quieres una guerra? ¡Vas a tener guerra! Toma….

Ella agarró un puñado de harina y se lo tiró como una bola de nieve que enseguida se expandió en el aire dejando una nube blanca. La reacción de él fue inmediata. La danza ritual del hada estaba a punto de transformarse a un baile de boa que encontró su presa.

—Eres un loco. Tengo todas las manos pegadas de harina. Eres loco —ella sonreía y lo rechazaba coqueteando y permitiéndole a conducir el juego—. Loco, loco. Tengo todas las manos sucias, no te puedo tocar.

—No me toques con las manos, tócame con los labios que me va a gustar mucho más.

Las empanadas salieron riquísimas. Las comieron recién sacadas del fuego, bien calentitas, soplándose los dedos, quemándose los labios, suavizando todo con un fresco Malbec.

—Debo admitir que eres Hestia en la cocina.

—Gracias mi hermoso, Potos.

***

 

—Sigo sin entender —él se acercó a la mesa, sosteniendo el celular con la mejilla contra el hombro, apagó el cigarrillo en el cenicero y volvió a preguntar—. ¿No hay otros padres que puedan ir a ese viaje? ¿Por qué tú? — la molestia que él experimentaba resaltaba en cada una de sus palabras.

— ¡Mira las preguntas me haces! Lo menos que me faltaba es que me hagas un escándalo porque voy a acompañar a mi hija a su viaje de egresados. Son momentos únicos e inolvidables. No podéis interponerte con tus estúpidas pretensiones. Estás mezclando cosas que no se mezclan.

— ¿No se mezclan? ¿Entonces por qué yo no me fui con mi familia de vacaciones e hice todo lo posible para quedarme? ¿Por qué yo pienso en tus sentimientos, en los disgustos que te pueda provocar y en los afectos que te puedo dar y tú no?

—Yo no te pedí que te quedaras. Era decisión tuya. No fuiste porque no quisiste ir.

—No fui porque pensé en ti, en tus sentimientos, en la tristeza que tendrías si me iba. Estas cosas no se piden, se hacen por amor. Tú no me pediste nada, es verdad, pero yo sentí que a ti te iba a disgustar si vacacionaba con mi familia. Pero tú, no solamente no piensas en mí y en mis sentimientos heridos, sino que rechazas a sangre fría lo que yo prácticamente suplico.

— ¿Tanto drama vas a hacer por una semana de mi ausencia?

—El asunto no está en tu ausencia. El asunto está en que parece que no valgo nada para ti. Que soy lo último en tu lista de prioridades.

—Por Dios, ya empezamos... Corto, me estás volviendo loca.

— ¡Para! —gritó él desesperadamente aterrorizado. Ella siempre cumplía con su palabra. No le tenía ni tolerancia, ni compasión. Siempre cuando a él le dolía, ella se mostraba fría y distante—. Espera, bueno, está bien, dime por lo menos a qué lugar vas. Sé que no va a pasar nada grave, pero sabiendo en dónde estarás me sentiré más tranquilo.

Silencio. Luego un respiro y de nuevo un silencio.

—Carajos..., ¿acaso crees que te voy a seguir?

—Eres capaz...

—No digas tonterías. Estoy trabajando. No eres el eje del mundo. Y si te importan un bledo mis preocupaciones, entonces déjalo. No digas nada. Ya está, olvídate. No quiero saber.

—Bueno, está bien. Luego te llevo los folletos del lugar. Ahí dice todo.

***

 

Lloviznaba. Y aunque las gotas eran microscópicas, terminaron por cubrir todos los palabristas. A veces él prendía los limpiaparabrisas y estos se movían con lentitud y desgana despejando el panorama visual. Pero cuando paraban, ínfimas gotas empapaban de nuevo el vidrio como si fueran pequeñas trabajadoras empapadoras de vidrios.

Pasó casi una hora desde que se encontraron, y sin embargo, ninguno había pronunciado todavía ni una sola palabra. Él fumaba sin parar, ella espiaba los movimientos de las gotas de lluvia. El silencio apoderaba.

—Más allá de todo la pasamos bien —fue ella la primera en interrumpir el absurdo silencio. Él tosió, buscó algo con los ojos, luego sacó una botella de agua de la guantera y tomó un sorbo—. Me encanta vacacionar con los chicos, son una fuente de energía interminable.

—Sí. Solo que no tengo por qué pagar las vacaciones de tu hija —pronunció estas palabras de forma muy baja como si se avergonzaba de ellas o no estaba seguro de lo que acababa de decir.

— ¿Pagar las vacaciones de mi hija? ¿Perdón? ¿Comprar un par de panchos es pagar las vacaciones de mi hija? Yo te lo devuelvo ahora mismo —ella empezó buscar frenéticamente la billetera en su cartera—. ¿Cuánto gastaste en esos panchos? Te devuelvo el doble, o el triple. Miserable, infeliz.

—Quería decir otra cosa —él hablaba como una persona absolutamente confundida y por ende asustada, casi con ganas de llorar por la impotencia que sentía gracias a su propio mal obrar—. Tú sabes que quería decir otra cosa.

— ¿Otra cosa? A ver, déjame pensar —ella se quedó inmóvil, luego cerró la cartera y lo miró con un profundo cansancio en sus ojos—, es tan absurdo todo lo que decís. Toda esa charla es absurda y lo único que logra es tener dolor de la cabeza.

—No comprendes. Me siento culpable. Siento como si los traicioné. Por primera vez en tantos años no veranee con ellos. Me fui de vacaciones contigo y tu hija. Y mis hijos se quedaron en la casa ingenuamente pensando que estoy en un viaje por trabajo, sin sospechar, obviamente, que los estoy traicionando. Y todo por ti. Porque te amo. 

— ¿Yo te había invitado? ¿No fue que apareciste inadvertidamente frente a todo el grupo de chicos y padres en medio de las montañas? Aquel señor a quien gusta esquiar en soledad, sin embargo, no se despegó de nosotras ni por un minuto, salvo por las noches porque otra cosa no le quedaba. Ahora me reprochas pasar las vacaciones con mi hija. Y es que prometiste que no vas a espiarme, aunque lo sospechaba. Lo sospechaba desde el principio.

— ¿Y tú? ¿Qué haces tú por mí? ¿Qué cedes o que pierdes por mí?

—Nada de eso que nombraste hago ni pienso hacer. Amor no es tragedia. No tengo por qué ceder, perder o traicionar para que tú te sientas amado. Patético. En vez de asumir tus errores tratas repartir la culpa por todos lados. Todo el mundo debe tener la culpa mientras que el señor se siente sufrido. Deja de victimizarte, patético.

—No soy un mal tipo.

—No, no eres un mal tipo. Enamorarte te hace mal. Tenés talento de destruir y de autodestruirte. ¿Y yo? Yo me pregunto: ¿Quiero esto para mí? Y me respondo: "No, no lo quiero". Así que hasta aquí llegamos.

—No, no, no. No digas eso. Si somos uno. Lo dijimos, lo juramos.

—Ese era el plan, pero nos confundimos.

Ella caminaba por la ancha vereda de la avenida Córdoba. Nadie la empujaba ni la corría. La lluvia otoñal despejó la calle de los transeúntes. Ella sonreía. "Acabo de romper una relación. Debería sentirme triste. Debería llorar. Pero no quiero llorar. Me siento feliz. ¿Cuándo fue la última vez que me sentí tan feliz como ahora? Paradójicamente fue el día del primer encuentro con él. Recuerdo muy bien aquel día, cada momento, cada palabra. ¿Y ahora? Y ahora me siento libre. Qué rico este gusto de libertad. Ya casi lo había olvidado tragando todos los días el amargo sabor de los celos, persecuciones, controles, explicaciones. Por fin todo terminó. Estoy de nuevo feliz".

Ella saltó jugueteando con las piernas como lo hacen los traviesos niños. Luego miró alrededor suyo y al darse cuenta de que nadie vio su insólito salto, sonrió y siguió su camino.

***

 

Hacía las nueve de la noche, la hora cuando la cena ya había terminado, los platos estaban limpios y guardados, y cada uno estaba haciendo sus cosas. Ella yacía en el sofá, envuelta hasta la cintura por un acolchado peludo de color gris con una copa medio llena de malbec y un libro apoyado sobre las rodillas de sus piernas dobladas. Trataba de leer, pero la concentración se desvanecía por culpa de los pensamientos que le agobiaban Las letras bailaban delante de sus ojos como si no estuvieran unidas, y no formaran palabras ni frases, sino que tenían existencia propia. Dos veces recorrió con los ojos la misma hoja y al final aceptó que no entendía nada. Tomó un sorbo de vino y miró por encima del libro.

La computadora expulsaba interminables disparos, doloridos gritos de los soldados, comandos de oficiales, y de nuevo disparos y bombardeos. El cuerpo de Miguel se movía frenéticamente, y se doblaba hasta casi arrastrarse sobre el teclado, y se echaba por atrás como si estuviese esquivando los disparos que podrían escaparse de la pantalla. Mientras que la mano derecha zarandeaba el maus, los dedos de la mano izquierda recorrían ciegamente las teclas con una feroz velocidad. Y la boca, a la par de ambas manos, expulsaba maldiciones a diestro y siniestro.

Ella derivó sus pensamientos a veinte años atrás, a la época cuando eran jóvenes, ambiciosos y enamoradizos. No tenían computadoras, ni teléfonos celulares y desesperaban la llegada del sábado para poder ir a un boliche. Ella y Miguel se conocieron en un boliche, luego durante dos años estuvieron de novios y finalmente se casaron. "¿Cuándo fue esto? Parece como si hubiera sido hace mil años. Querido Miguel, amado Miguel. Fuiste tan oriundo los primeros años y eres tan extraño y alejado ahora. Y, sin embargo, eres una parte mía que no puede faltar. Aunque así, de espaldas, sin diálogo y sin cariños debes permanecer en mi vida para que te cuide. Una vez dimos el "sí" y todavía no me pesa, todavía está vigente. Te acepto así y sé cómo arreglarme".

Tomó otro trago y saboreando el espeso vino siguió con sus vagabundos pensamientos. "Sé arreglarme. He sabido. Cada vez cuesta más. Cada vez soy más pretenciosa y menos tolerante. Cada vez veo menos sentido en poner energía y entusiasmo en algo que tan rápido pierde valor. Cada vez cuesta más y dura menos. Capaz por eso te cuido tanto Miguel que con vos perdura, aunque en el silencio y sin acción, pero perdura. ¿Y él? ¡Qué defraude, qué decepción! ¡Me enoja! Por Dios, cómo me enoja todo esto: la destructiva actitud de él, la voluntaria imprudencia mía, toda esta situación en la cual lo lindo y agraciado se convirtió en algo irremisiblemente feo, impugnante y arrastrado. Qué decepción. ¿Y qué me queda? Los monótonos días, las tristes tardes en este sofá, con un libro y una copa de vino. Ah, y una cosa más: la espalda de Miguel".













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